Ep. 36 Las Semillas De Mi Abuelo

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Esta es una historia de la vida y muerte de mi abuelo Camilo, y de cómo las semillas que sembramos dan fruto de maneras inesperadas. 

Hace 5 años subí a la finca de mi familia, abandonada hace más de 30 años. Bueno, abandonada entre comillas porque aunque todavía habían vacas y toros, la casa donde mi mamá y sus hermanos crecieron estaba al borde de convertirse en ruina. Bajé a la casa del mayordomo, que en ese momento se llamaba Angel, y después de intercambiar saludos y un poquito de charla, me apuntó a un lugar en el patio y me dijo, ahí mataron a su abuelo.

Mi abuelo Camilo ha sido una figura casi mítica en mi vida. Se convirtió a la religión Sikh cuando todavía estaba joven, algo impensable en un pueblo como Buga en los años 70, una vez convenció a un grupo de hombres que lo habían secuestrado a él y a su hijo que lo dejaran ir, y así su historia estuvo llena de eventos que parecen mágicos. Pero el más extraño y memorable, es que de alguna forma predijo su muerte. Yo no vivo más de 50 años, decía desde joven, e incluso 10 años antes de su muerte dejó una grabación donde le hablaba a su esposa y sus hijos, que para esa época tenían entre 5 y 15 años, acerca de la vida y que debían hacer en caso de su muerte. Yo tengo una copia de esa grabación en este computador que escribo esto y la he escuchado 3 veces en mi vida. Un día, con 49 años fue a pagar la nómina de su finca. 5 de Mayo de 1984, faltaban 6 meses para que no se cumpliera esa profecía ominosa que constantemente repetía, cuando se paró en ese patio que yo, 30 años después, estaba mirando, y un ladrón le disparó por un costado y lo asesinó.

Que extraño se sentía esa tarde estar ahí parado imaginándome los últimos momentos de mi abuelo. ¿Será que sintió miedo? Que extraño sentir como la historia de mi vida estaba ligada y condicionada por su vida, por las historias que me llegaron de él y por las semillas en formas de ideas y valores que sembró en mi madre y mis tíos. Ya había vivido y preguntado suficiente a mis 25 años para saber que la versión simple de una persona que nos cuentan nunca es cierta, y mi abuelo, hasta donde he podido entender, fue un hombre maravilloso, lleno de contradicciones como todos. Pero aún me quedaba y aún me queda, un poquito de esa figura poética con la que crecí de niño, y estando en ese lugar, cada historia inspiradora de su vida me llenaba de una tristeza profunda de no haberlo conocido. Pero extrañamente, examinando esa multitud de emociones noté que no sentía rabia. ¿Qué extraño no? Un hombre, un día, me arrebato la oportunidad de conocer a mi abuelo, y le arrebato a mi familia la oportunidad de compartir de su amor y su indudable sabiduría. Entonces, ¿por qué no sentía rabia contra él?

A mi tío Juan Pablo, el cuarto de 5 hijos de Camilo y mi abuela, tampoco lo conocí. Murió en un accidente de carro 1 año antes de yo nacer. De él también me queda una imagen que aunque siento vivida, sé que es falsa, porque las historias de las personas y las personas, no son lo mismo. Esta historia es tanto de mi abuelo Camilo como de mi tío, y la semilla que sembró mi abuelo en él y sus hermanos. En virtud de hacer este relato más corto, solo diré que mi tío me lo han descrito como un joven alegre, inteligente y lleno vida. Tenía 20 años cuando asesinaron a su papá, y este es el momento crucial de la historia. En este momento de dolor, de impotencia, de sin sentido que le debe dejar a uno el arrebato de una vida amada, se acercaron a mi tío uno o unos militares y obviaré el contexto porque no lo sé a ciencia cierta y no es relevante. Pero el mensaje fue el siguiente: “Sabemos quienes son las personas que asesinaron a Don Camilo, y por una suma de dinero x los podemos hacer desaparecer.” Que difícil situación para un ser que todavía no se ha hecho adulto, que todavía no es hombre hecho y derecho, como dicen. Un pelado de 20 años, con la vida de 2 individuos en sus manos, porque eran 2 los ladrones, y con el dolor de perder a un padre al que nunca más podrá ver, o con el que no podrá volver a hablar o reír y la respuesta de mi tío es la razón de esta historia.

“No señor, antes que esos hombres asesinaran a mi papá, el ya los había perdonado.” No sé exactamente cuales fueron sus palabras, pero es más o menos lo que me han contado y no importa tanto cuál fue la cita exacta porque el mensaje es claro. No arruinaremos nuestras vidas con rencor y con odio, ni las mancharemos con la sangre de otros seres humanos. Mi tío hablaba por la memoria de su papá, pero no solo por él. En ese momento hablaba por sus hermanas y su hermano, por su madre y por todos los que conocieron a mi abuelo, pero sin saberlo, decía unas palabras que resonarían por años dentro de nuestro núcleo familiar. Todos mis primos conocen esta historia, y estas palabras de un casi adolescente hace 36 años son fuente de orgullo para mí y creo que para el resto de mi familia. Este fue el día que Juan Pablo nos empujo inequívocamente hacia un futuro familiar donde el amor a primado por encima del odio. Es más, no solo primado sino reinado. No he conocido el odio entre mi madre y sus hermanas y hermano. Nunca les he escuchado, nunca, y tal vez me equivoco, una palabra de victima. Vivieron la vida de su padre con amor y su muerte con perdón en sus corazones. Que regalo inesperado el que reveló la muerte de mi abuelo a sus hijos. ¿Pero de dónde vinieron estas palabras de Juan Pablo?

Aquí viene el cuento de las semillas. En algún momento de las famosas tardes cuando mi abuelo se sentaba con mi mamá y sus amigas, a hablarles de la vida, del valor de la honestidad, de la disciplina; en su vegetarianismo imperturbable; en algún lugar se coló la idea de que el perdón es el único camino de la vida. Nunca sabré exactamente cuales fueron las palabras o la idea que sembró mi abuelo y no necesito. No necesito porque ese día Juan Pablo también sembró, y que tan incalculable ha sido el efecto de esa siembra que la puedo sentir en mí, la siento en mi hermano y en mis primos, y sin duda espero que haya caído en tierra fértil y que estemos, con nuestras vidas, a la altura de ese acto de compasión y amor que nos regalaron en Mayo de 1984.

No me puedo ir de aquí de esta pantalla sin decir que sin mi abuela y su entrega por su familia, nada de esto sería posible. Pero esa es otra historia para otro día.

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