El espejismo de la meritocracia.

Ningún ser humano decide con qué cuerpo, en qué familia, país, cultura o época nace, y nuestra vidas son el resultado de infinitas casualidades que existen por fuera de nuestro control. Pero aún sabiendo esto, no logramos salir del paradigma de la meritocracia donde supuestamente existen unos gigantes de la disciplina, el esfuerzo, la inteligencia y creatividad, que no le deben nada a nadie excepto a si mismos.

Claramente el concepto de mérito es muy útil en el mundo y este no es un intento de argumentar que no debemos reconocer las diferentes cualidades de las personas. Isaac Newton sigue siendo un genio y probablemente el ser humano más capaz de concentración ininterrumpida en la historia, y sus aportes son más valiosos para la humanidad que cualquiera que haga yo en lo que me queda de vida. Usar esos juicios cualitativos para distribuir nuestra atención o recursos dependiendo de nuestros intereses y la calidad que ofrecen los demás en términos laborales, de consumo, de admiración o de relaciones es lógico. Lo que voy a intentar, es un ejercicio de cuestionamiento del origen de esas diferencias y de cómo comúnmente le adjudicamos un valor desproporcionado al mérito individual en los resultados que una persona obtiene, positivos o negativos.

Durante un tiempo, las teorías de la “tabula rasa” dominaron en el ámbito intelectual, promovidas por B.F. Skinner y sus teorías de conductismo, donde se asume que el comportamiento humano es únicamente el resultado de los refuerzos positivos y negativos en su medio ambiente. Pero esas ideas se han vuelto insostenibles conforme nuestro conocimiento en las áreas de biología evolutiva, genética del comportamiento y neurociencia se han ido desarrollando y han escudriñado la mente y los comportamientos humanos intentado entenderlos.

Para resumir un tema complejo y debatido, hasta donde sabemos, el comportamiento humano está regulado por la interacción entre nuestro ambiente y nuestros genes. A grandes rasgos, nuestra genética determina el rango de comportamientos que podemos tener como especie, pero se ha hecho evidente y difícilmente refutable, que también explica parcialmente las diferencias entre los individuos de la especie humana.

Qué tanto de la variabilidad de las cualidades del ser humano que nos importan, como el comportamiento violento, la sociabilidad e incluso la inteligencia es hereditaria, es un tema debatido en el campo de la genética conductual, pero sabemos que definitivamente no es cero. La historia tampoco es tan simple como decir, tal individuo heredó “el gen” de la inteligencia de su mamá.

Por lo que sabemos son cientos o incluso miles de genes los que influyen en cada uno de los componentes del comportamiento humano y es importante entender que influir no es igual a determinar. Aquí es donde se vuelve increíblemente relevante para la expresión fenotípica de los rasgos de comportamiento, el entorno con el que interactuan esos genes. Para entender la forma en que estas interacciones suceden, tendríamos que repasar una clase de neuroendocrinología y ese no es el punto, pero al que le interese, este curso de Robert Sapolsky sobre Neurobiología es una un buen lugar para empezar. O para los que no tengan el tiempo acá está un TED Talk bacano.

El punto es, que los individuos no tienen control sobre los genes que heredan, ni sobre el entorno familiar, cultural, económico o alimenticio en el que crecen, y por ende es difícil juzgaros como “responsables” de las maneras en que sus cerebros (y sus mentes) se desarrollan. Yo sé que esta es una pastilla difícil de tragarse, porque nuestras intuiciones naturalmente tienden a ver nuestras acciones como el resultado de nuestra voluntad. Pero esa voluntad como mínimo está condicionada por las capacidades de nuestro cerebro de regular, posponer o activar esas acciones. Para entender la importancia de este punto revisemos un ejemplo:

Nuestra corteza pre-frontal es fundamental en nuestra capacidad de llevar acabo un proceso de regulación en nuestro comportamiento conocido como gratificación aplazada. Este tipo de acción está relacionada a una cantidad casi incalculable de actividades cruciales en nuestra sociedad como estudiar o ahorrar. Las recompensas de estas actividades muchas veces son a largo plazo y un subdesarrollo de este componente de nuestro cerebro nos puede dejar con desventajas significativas en el ámbito académico o laboral.

Lo peor de esta historia es que la corteza pre-frontal es especialmente plástica (por ser la última parte de nuestro cerebro en desarrollarse) y eso la hace sensible a varios estímulos que pueden impedir su desarrollo saludable entre los que están: el agua contaminada de plomo, la mal nutrición o el estrés crónico. Este último es especialmente importante pensando en niños que crecen en entornos de violencia familiar o social, y todo esto es sin tener en cuenta la variabilidad genética que puede ser altamente predictiva de este rasgo. A esto hay que agregarle el hecho contra-intuitivo de que en una sociedad (distopía) perfectamente igualitaria en todos los sentidos, las únicas diferencias visibles serían las hereditarias.

¿Cómo podemos reconciliar esta realidad biológica de nuestras mentes, con asignarle “culpabilidad” o mérito a una persona que tiene, o muchos problemas para participar de las reglas del juego actual o está especialmente adaptada a ellos?

Esta pregunta no se debe tomar a la ligera porque tiene implicaciones profundas sobre cómo construimos nuestra sociedad y adaptamos nuestros valores a los nuevos conocimientos que vamos adquiriendo. Definitivamente en el ámbito de la justicia, debemos reconocer que hay condiciones mentales en las que las personas son “más” o “menos” responsables de sus acciones. Esto es evidente cuando pensamos en la culpabilidad de los niños cuando cometen delitos. Tampoco debemos deducir de esa información que no deben existir consecuencias legales o sociales para personas que incumplen las normas porque no construyeron las mentes que llevaron a cabo los actos.

Aquí se nos asoma el debate del libre albedrío sobre el que quiero decir lo siguiente: la ausencia de libre albedrío es perfectamente compatible con un sistema de responsabilidad social y legal, siempre y cuando reconozcamos que cierto tipo de castigos o consecuencias, deben desincentivar las conductas negativas de los individuos e incentivar los comportamientos que determinamos positivos y conducentes a nuestros ideales. 

Pero volvamos al tema de la meritocracia y finalmente a qué podemos proponer como soluciones a nuestro predicamento actual. Bajo los conceptos que hemos repasado, es muy difícil aceptar una sociedad en la cual “el mérito” es el único o el más importante valor. Claro que hay incentivos que debemos alinear pensando en el beneficio individual y colectivo, para que quienes creen productos que satisfagan nuestras necesidades o avancen nuestro mundo en la forma que deseemos se vean recompensados, pero no podemos olvidar el contexto en el que estos individuos generan ese valor y el rol que el azar juega en esa ecuación. No podemos darle la espalda y esperar que se valgan únicamente por sus propios medios, a quienes los caprichos de la suerte les entregue las peores manos, tanto a nivel genético como a nivel ambiental.

A nivel individual, esta información puede que parezca conducir a un tipo de pensamiento que delega toda la responsabilidad de nuestras vidas en el azar y lo que no podemos controlar, pero no es así necesariamente. La creencia de que nuestra vida (o al menos nuestra relación con ella) está en nuestras manos, es útil cuando estamos tratando de transformarnos o mejorarnos, y es muy necesaria cuando se reconoce los errores cometidos en el pasado. Una disculpa no sería disculpa si le delego la responsabilidad de mi comportamiento a mis genes y mi entorno.

No estoy diciendo que decir que no hice la tarea porque: “los genes de mi mamá…”, sea una buena justificación. Lo que si creo, es que debemos reflexionar sobre los sistemas de evaluación de éxito académico, porque muchos niños que clasificamos como “problemáticos” o “perezosos”, por no estar adaptados a los sistemas rígidos de la educación, tienen otras formas de aprender y expresarse que están subvaloradas. No todos los que no cumplen con la expectativas es por falta de esfuerzo y compromiso. Así el pensamiento meritocrático también puede conducir a ideas mediocres de “el que es pobre es porque quiere”.

Necesitamos reconciliar el hecho de que nuestras intuiciones de libre albedrío cumplen un rol en nuestras vidas y hay que saber aplicarlas cuando son útiles. pero a un nivel moral mucho más fundamental, tenemos que reconocer cómo el mérito y la culpabilidad se vuelven difíciles de sostener ante nuestra realidad ecológica y evolutiva.

Me parece especialmente útil el ejercicio mental propuesto por John Rawls conocido como la “Posición Original”. Imaginemos que somos parte de un grupo de individuos que debe decidir cómo conformar una sociedad, y que estamos afectados por un velo de ignorancia, donde no sabemos ninguna característica inherente o ambiental del lugar que ocuparemos en esa sociedad. Lo único que sabemos, es que tenemos la capacidad de participar de ella (y que lo haremos). ¿Cómo construiríamos o nos imaginaríamos esa sociedad si no sabemos si seremos hombre o mujer, gay o hétero, a que raza, que virtudes o incapacidades tendremos? Ponernos en esta “Posición Original”, nos permite imaginarnos realmente, cuál sería una sociedad donde tener o ser de cualquiera de esas características, no nos impida vivir una vida plena, con sentido y la oportunidad de realización.

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